El pasado fin de semana, las familias que educamos en casa en todo el país, nos hemos reunido por regiones para compartir experiencias, inquietudes, puntos de vista…
Unas han podido estar todo el fin de semana. Otras apenas un ratito. Para algunas ha sido fácil. Para otras, todo un esfuerzo.
Nosotros somos de esas que, pillándoles muy cerca, sólo ha podido estar un par de horas.
Pero fue un gustazo.
Encontramos amigos. Pusimos rostro a nombres conocidos. Y qué sorpresa ver que vamos siendo más de lo que creemos. Qué bien ver padres jóvenes que empiezan a tener niños y a ser conscientes de que son ellos los primeros, los más capacitados y los, moralmente, más autorizados educadores de sus hijos. Y están dispuestos a defender su derecho a educarlos de la forma que consideran más adecuada, en contra de la opinión de la masa que critica todo lo que no conoce (la ignorancia es así de atrevida), todo lo que se sale del patrón común que ella se limita a reproducir sin permitir que nadie pueda pararse ni un segundo a cuestionarse nada sobre el patrón, sobre la masa, sobre uno mismo. ¿Sabrá esa masa, por ejemplo, qué en EE.UU. los muchachos educados en casa tienen preferencia en el acceso a Harvard?
¿Cómo puede un estado con más del 30, 40 o 50% de fracaso escolar (una vez filtrados y saneados los datos) tener la desfachatez de obligar a incorporarse a nadie a un sistema que demuestra ser inútil, ineficaz, fraudulento? A mi no se me ocurriría volar con una compañía aérea que tuviera un ¡1!% de siniestros.
Pensábamos que sería muy interesante poder saber cuanto dinero se ahorraría el estado, es decir, nos ahorraríamos todos, si se permitiese que las familias que prefieran no utilizar la prestación pública de la escuela, pudieran hacerlo. Y si se siguiera gastando el mismo dinero en educación, al disminuir la ratio mejoraría la atención personalizada y disminuiría el fracaso. Porque no viene la solución por mejorar los medios materiales o dar un portátil a cada niño. Habrá quien piense que no es tanta la gente que opta por esta vía. Es cierto. Hoy. Porque la falta de reconocimiento frena a mucha gente. Pero es sorprendente cuantas familias se decidirían si la situación fuera otra.
Y al hilo de esto, nos preguntábamos si de verdad nos interesa que oficialmente se reconozca esta opción educativa. Que este democrático estado de derecho reconozca y respete, de verdad, la patria potestad. Como todos los estados de los países democráticos del mundo. Sí, es verdad, excepto Alemania, donde no escolarizar a los hijos fue prohibido por el tercer reich y nadie después se ha encargado de cambiar esa ley. Pero en Alemania, cualquiera puede establecer un colegio privado que, además, recibe subvenciones públicas. Pero, a lo peor, es que resulta que este estado, ni es democrático y ni siquiera de derecho. Y, por eso, si reconoce algo, inmediatamente lo quiere regular y habitualmente lo estropea. Porque si se regulase, se introduciría en el sistema, sería parte de este sistema, y, por lo tanto, no funcionaria. Decía una amiga que esta situación entraña unos problemas (ellos han tenido que comparecer ante la justicia por educar a sus dos maravillosas hijas al margen de la escuela), si no quieres esos problemas, pues lleva a tus hijos al cole… y tendrás otros.
En los países del primer mundo nos preocupamos de la felicidad de los niños del tercer mundo y por eso queremos construirles escuelas. Nos escandaliza la explotación infantil. Reivindicamos jornadas laborales de 35 horas para los adultos. Pues a los niños de este país se les exige trabajar diariamente un mínimo de cinco horas, si hablamos de un colegio de primaria con jornada intensiva. Si a eso empezamos a sumar aula matinal, jornada partida, comedor vigilado, actividades antes de las clases de la tarde, deportes, música, inglés, informática y demás extraescolares, apoyos y deberes… ¿En cuanto se monta su jornada laboral? Porque, no nos engañemos, la mayoría acude a todo eso con la misma alegría y gusto que la mayoría de adultos a su trabajo… infelices y deseando que termine. ¿Y esa es la felicidad que queremos para los niños? ¿Para los nuestros y para los de los demás?
Claro que habrá a quién esto escandalice…”A los niños hay que enseñarles a ser responsables, a ser alguien de provecho, alguien que sepa ganarse la vida…” Totalmente de acuerdo. Y eso es lo que ancestralmente hacía un padre en una tribu cuando se llevaba a su hijo a cazar. Y una madre cuando enseñaba a su hija a recolectar. En muchos sitios sigue siendo lo habitual y no es gente desgraciada con crisis de ansiedad ni dependiente de ansiolíticos. Es cierto que tienen otros problemas, pero ¿cuáles son peores?
No aprender a resolver ecuaciones de segundo grado o no verse obligado a memorizar la tabla de multiplicar o la definición de municipio, no implica crear un vago y un irresponsable, ni garantiza formar un delincuente.
Anexo aquí un capítulo del libro Razones para la Alegría, de José Luis Martín Descalzo
"Estoy -me escribe un muchacho- hasta las narices de la educación del palo y del miedo. Para mí, la educación que carece de lo esencial no es educación, sino un sistema de esclavos. Si la educación no sirve para ayudarnos a ser libres y personas felices, que se vaya a hacer puñetas."Con su aire de pataleta infantil, este muchacho tiene muchísima razón. Y es evidente que algo no funciona en la educación que suele darse cuando tanta gente abomina de ella.
Hay en mi vida algo que difícilmente olvidaré. En 1948, siendo yo casi un chiquillo, tuve la fortuna-desgracia de visitar el campo de concentración de Dachau. Entonces apenas se hablaba de estos campos, que acababan de "descubrirse", recién finalizada la guerra mundial. Ahora todos los hemos visto en mil películas de cine y televisión. Pero en aquellos tiempos un descubrimiento de aquella categoría podía destrozar los nervios de un muchacho. Estuve, efectivamente, varios días sin poder dormir. Pero más que todos aquellos horrores me impresionó algo que por aquellos días leí, escrito por una antigua residente del campo, maestra de escuela.
Comentaba que aquellas cámaras de gas habían sido construidas por ingenieros especialistas. Que las inyecciones letales las ponían médicos o enfermeros titulados. Que niños recién nacidos eran asfixiados por asistentes sanitarias competentísimas. Que mujeres y niños habían sido fusilados por gentes con estudios, por doctores y licenciados. Y concluía: "Desde que me di cuenta de esto, sospecho de la educación que estamos impartiendo."
Efectivamente: hechos como los campos de concentración y otros
muchos hechos que siguen produciéndose obligan a pensar que la educación no hace descender los grados de barbarie de la Humanidad. Que pueden existir monstruos educadísimos. Que un título ni garantiza la felicidad del que lo posee ni la piedad de sus actos. Que no es absolutamente cierto que el aumento de nivel cultural garantice un mayor equilibrio social o un clima más pacífico en las comunidades. Que no es verdad que la barbarie sea hermana gemela de incultura. Que la cultura sin bondad puede engendrar otro tipo monstruosidad más refinada, pero no por ello menos monstruosa. Tal vez más.
¿Estoy, con ello, defendiendo la incultura, incitando a los muchachos a dejar sus estudios, diciéndoles que no pierdan tiempo en una carrera? ¡Dios me libre! Pero sí estoy diciéndoles que me sigue asombrando que en los años escolares se enseñe a los niños y a los jóvenes todo menos lo esencial: el arte de ser felices, la asignatura de amarse y respetarse los unos a los otros, la carrera de asumir el dolor y no tenerle miedo a la muerte, la milagrosa ciencia de conseguir una vida llena de vida.
No tengo nada contra las matemáticas ni contra el griego. Pero ¡qué maravilla si los profesores que trataron de metérmelos en la mollera, para que a estas alturas se me haya olvidado el noventa y nueve por ciento de lo que aprendí, me hubieran también hablado de sus vidas, de sus esperanzas, de lo que a ellos les había ido enseñando el tiempo y el dolor! ¡Qué milagro si mis maestros hubieran abierto ante el niño que yo era sus almas y no sólo sus libros!
Me asombro hoy pensando que, salvo rarísimas excepciones, nunca supe nada de mis profesores. ¿Quiénes eran? ¿Cómo eran? ¿Cuáles eran sus ilusiones, sus fracasos, sus esperanzas? Jamás me abrieron sus almas. Aquello "hubiera sido pérdida de tiempo". ¡Ellos tenían que explicarme los quebrados, que seguramente les parecían infinitamente más importantes!
Y así es como resulta que las cosas verdaderamente esenciales uno tiene que irlas aprendiendo de extranjis, como robadas.
Y yo ya sé que, al final, "cada uno tiene que pagar el precio de su propio amor" --como decía un personaje de Diego Fabri- y que las cosas esenciales son imposibles de enseñar, porque han de aprenderse con las propias uñas, pero no hubiera sido malo que, al me- nos, no nos hubieran querido meter en la cabeza que lo esencial era lo que nos enseñaban. De nada sirve tener un título de médico, de abogado, de cura o de ingeniero si uno sigue siendo egoísta, si luego te quiebras ante el primer dolor, si eres esclavo del qué dirán o de la obsesión por el prestigio, si crees que se puede caminar sobre el mundo pisando a los demás.
Al final siempre es lo mismo: al mundo le ha crecido, como un flemón, el carrillo del progreso y de la ciencia intelectual, y sigue subdesarrollado en su rostro moral y ético. Y la clave puede estar en esa educación que olvida lo esencial y que luego se maravilla cuando los muchachos la mandan a hacer puñetas.
Lo he leído más de diez veces. Pero cada vez que lo hago me vuelve a impactar como la primera.
Mamá
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